¡Vive la France!
¡Vive la France!
Érase que se era, era un bucle sin fin... No, no es un cuento, sino no tendría final feliz, y a Disney no le gustaría, no me compraría el argumento (el Tío Gilito me superaría en la lista Forbes...). Es una historia totalmente vigente, en la que el paro es una pesadilla presente en tantos lugares diferentes. He aquí un protagonista más de este drama, he aquí un viajero internacional.
En una de mis locas búsquedas desesperadas de dinero constante a fin de mes fui a Puigcerdà, un lugar curioso para buscar empleo, pero tren que pasa, allá que se va. Es un pensamiento un tanto estresante, abrazar un bosque entero con un abrazo de alas de gallina, tendrían que ser del tamaño de las de un albatros, por lo pronto. Puigcerdà, localidad de frontera con Francia, así que cierto caminante incansable decidió que tenía el capricho de ir a comer a Francia por una vez en su vida, una experiencia nueva.
Así pues, y sabiendo de la existencia de una motita de polvo llamada Bourg Madam al otro lado de frontera, el gato decidió ir a visitarla (la curiosidad no matará al gato, tiene siete vidas, es más rápido matarme a mí, que sólo tengo una). Camina que te caminarás, camino allá, el Gato con zapatillas llegó a destino, un lugar más que notable... bajo un microscopio.
Para ser sincero, había lugares con encanto. Una pastelería regentada por una encantadora mada, sin doble sentido, para eso ya está Puigcerdà y su polígono industrial del pecado (lo que pasa en Puigcerdà se queda en Puigcerdà, lo siento por Las Vegas...), un anticuario, un restaurante que daba mucho gusto dejar atrás en el camino por lo caro que era el menú diario, y la zona comercial de la localidad, para dar algunos ejemplos.
¿Y el centro histórico de la localidad? Cierto, aún no había llegado a tal sitio, pero a lo lejos se divisaba una pequeña torre de una iglesia entre unas casas humildes. Cierto que una iglesia rural no está carente de belleza, y unas callejuelas que la acompañen la dotan de personalidad propia, y este era el caso. Como buena casa de Dios, estaba cerrada a sus feligreses hasta que uno de ellos decidía que estaba harto del mundo y se tomaba unas vacaciones en el transiberiano que nunca ha de volver de calendario sin fin y entonces se podía visitar en mal momento.
Dado que el hambre acuciaba, Jacques decidió volver a España, donde la comida era más barata y deshizo el camino andado otra hora y media más...
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